Reflexiones sobre el rol de los periodistas en la difusión de la música

Pensamientos y reflexiones por Iñaki Durán
 
Hace rato que vengo con muchos pensamientos dando vueltas en mi cabeza. Mi apetito insaciable por la curiosidad, por el descubrir y por el analizar me hacen entrar en un espiral eterno de inhalación y exhalación mental. Por algo creo que elegí esta profesión, la de ser comunicador. Comunico lo que veo y siento, y en contraposición de todo lo que nos han enseñado, lo lleno de subjetividad. Porque la objetividad no existe, por más que la utilicemos tantas veces para argumentar nuestros puntos de vista, pensamientos, o lo que sea. Como si eso nos pusiese en una posición neutral para justificar lo que vemos y sentimos, para ubicarnos ajenos a la opinión que estamos dando. 
 
Claro que existen enunciados menos subjetivos que otros. Pero el hecho fundamental de querer hablar de ciertas cosas y de otras no, ya marca una subjetividad. Elegir publicar algo por encima de otra cosa, es una decisión marcada por la elección individual de una persona, grupo, medio o lo que sea.
 
Se piensa que ser subjetivo es algo malo, y no es así. El problema es cuando usamos la subjetividad para hablar mal sobre algo que nosotros consideramos que está mal, que hace mal, o que genera un mal, sin un argumento que justifique lo que uno dice. Creer que porque algo no me gusta y que debería serlo así porque a mí no me genera una gratificación, debe serlo para todos los demás. ¿Quién nos da ese derecho? ¿A qué jugamos? Ese, amigos míos, es el gran error que cometemos nosotros los comunicadores.
 
Podemos estar horas hablando y debatiendo sobre esto, y ojalá así sea y siga siendo. Porque ese es el motivo de esto que elijo escribir hoy. No es la verdad, es mi verdad, sobre lo que veo y pienso, pero aceptando que no es la única, ni por asomo.
 
Si nos vamos al mundo de la música, del periodismo musical, si queremos llamarlo así, aunque desgraciadamente en nuestro continente no esté avalada esta subprofesión del periodismo como tal, la historia es la misma.
 
Desde los primeros críticos de jazz y de la música clásica, el periodista se ha puesto en esa posición de juez totalitario sobre todo lo que escucha. A tal punto, que en muchas épocas, supo ser una especie de semi-dios que caminaba entre nosotros, diciendo lo que debíamos escuchar y lo que no. Muchas veces ahogado en su propio ego y otras, avalado por medios, productoras y discográficas que lo alimentaban desde las sombras haciéndole creer que él escribía sus propias palabras, cuando no era realmente así.
 
Por este motivo me cuestiono: ¿cuál es nuestro verdadero rol como comunicadores frente a la difusión de la música? ¿Cómo debemos utilizar nuestras capacidades? ¿En qué debemos ocupar nuestro tiempo?
 
Muchos creen que tenemos la obligación de la crítica, de la denuncia, de apuntar con el dedo cuando vemos que hay cosas que funcionan mal. Estoy de acuerdo, cuando es presentando de una manera bien argumentada y que apunta sobre los verdaderos problemas, sobre el sistema que engulle y escupe lo que nos quiere vender. Estoy de acuerdo, cuando ayudamos a llevar a la luz a esos seres que se creen los dueños de nuestras vidas. Pero no estoy de acuerdo cuando gastamos tiempo y esfuerzo en atacar sin motivo a las víctimas de ese juego.
 
Y no porque sean unos pobrecitos, personas sin oportunidades en esta vida, sino porque son parte de una estructura que los trasciende y es mucho más grande que ellos.
 
Hablo de los responsables de crear una de las mejores cosas que nos dio y nos sigue dando la humanidad, la música. Ese sentimiento hecho sonido, hecho ritmo, hecho canción que nos acompaña a toda hora y nos ayuda a atravesar este plano de una manera más placentera.
 
Gastamos horas tirando contra artistas, por el solo hecho de considerar que lo que hacen no es digno de la humanidad. Gastamos aún más tiempo reproduciendo lo que nos muestran, lo que viene desde arriba, hablando y hablando sobre lo mismo una y otra vez hasta saturar esas cabecitas que están del otro lado, confiando en uno, esperando algo de nosotros.
 
Suponiendo que alguien nos da esa autoridad ¿por qué gastarla en cosas negativas, viendo siempre lo malo? ¿Por qué gastarla en reproducir lo que otros nos dicen que está bien, que está bueno? 
 
Perdimos la autonomía, perdimos la individualidad y la independencia. Nos aislaron de nuestros pensamientos, y mucho más de nuestras palabras. ¿Y todo esto por qué? “Porque soy objetivo”, al menos nos creemos ese cuento, para justificar que somos simples repetidoras. “Porque tengo la obligación de criticar o denunciar lo que no está bien”,  creyendo que nuestra verdad, es la más importante, y la que marca lo que está bien de lo que está mal, y repito ¿quién nos dio esa autoridad? ¿Cuándo nos creímos eso?
 
Seremos mejores comunicadores cuando gastemos ese tiempo en la verdadera responsabilidad que tenemos, la de mostrar lo que no se muestra, la de descubrir y compartir, la de hacer escuchar lo que no se escucha, la de ser conectores de caminos que no se cruzan. Debemos hacerle llegar a la gente todas esas grandes cosas que no le llegan, las que nos hacen bien, las que nos generan algo, porque seguramente del otro lado hay una persona que necesita eso, como nosotros también lo necesitamos. 
 
No tiene sentido perder el tiempo juzgando, atacando a esos artistas que no logran generar una empatía con nosotros, porque lo más seguro es que a otras personas si les hagan sentir algo. No podemos juzgar los sentimientos de los demás, no nos corresponde, a nadie le corresponde.
 
“Esta banda es una mierda”, “No son buenos músicos”, “El mensaje no es genuino”, “Los que escuchan eso son unos imbéciles”, y así miles de valoraciones que no nos corresponden. Porque aunque a nosotros nos parezca eso, a muchos otros les genera lo contrario: bienestar, alegría, gratificación, o lo que sea. Y nosotros no los podemos privar de eso, no los podemos juzgar por eso.
 
Ocupemos el tiempo en mostrar esa música que a nosotros nos genera cosas positivas para que a otros les genere lo mismo. Ayudemos a esa música a llegar a los oídos, mentes y corazones a los que debe llegar. Y si no lo hace, habrá otros trabajando como nosotros para hacerles llegar el sonido adecuado. Pero no nos remitamos al puñado de siempre, vayamos más allá, investiguemos y trascendamos fronteras. De otra manera, mucha gente se perdería de grandes cosas por el solo hecho de que nadie se las muestra. 
 
Y aunque no venda, no sea comercial, no sea el momento adecuado, mostrémoslo igual, porque no podemos privar a las personas de eso por el solo hecho de que los que manejan este circo lo quieran así. 
 
No busquemos el prestigio por ser reproductores de lo que quieren que digamos, en los lugares, situaciones y medios en los cuales nos dicen que lo debemos hacer. Busquemos el prestigio por ser una corriente alternativa para los artistas alternativos que quedan afuera de ese pequeño grupo de privilegiados. Desde adentro o desde afuera, eso no importa, mientras respondamos a lo que sentimos y pensamos.

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Cuánta claridad!

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