Lauryn Hill, alabada sea la reina

Texto por Iñaki Durán.
Fotos por Sergio Carluccio.
 
Nunca voy a olvidar el día en que llegó a mis manos el disco "The Miseducation of Lauryn Hill", yo tenía unos 13 años y todo un mundo por explorar. Dentro de mi cuerpo pequeños átomos estallaban generando una reacción en cadena que llevaría a mi cuerpo a sentir algo que nunca habia sentido tan intensamente hasta el momento. Felicidad, enamoramiento, ansiedad, éxtasis... todo junto y de repente, algo incontrolable por un chico de mi edad.
 
Por eso simpre lo tuve ahí, en el cofre, en mi top, a mano... para que me salve en esos momentos de mayor necesidad de espiritualidad.
 
 
A casi 17 años de ese momento, llegó el día de verla a ella, a la reina, a mi primer amor platónico. No lo podía creer, la ansiedad me desbordaba y la expectativa era enorme. Una mezcla de sentimientos me invadía a medida de que se acercaba el momento, con un marco inmejorable: el Planetario en su esplendor y una noche limpia, llena de estrellas.
 
Con una especie de bloqueo mental o amnesia ante todo lo que sucedió previamente, mis ojos se iluminaron al verla pisar el escenario para decirme internamente "si, ya está, es ella, esto va a pasar ahora mismo y yo estoy acá", sentada en un gran sillón, con su guitarra acústica en el regazo, su voz se hizo presente y mi cabeza comenzó a recorrer un camino en un viaje astral que duró casi dos horas.
 
Tratar de explicar lo que sentí en ese momento en palabras, sería una falta de respeto al sentimiento mismo. Porque su banda, su música, su voz, su presencia es algo para lo que no estamos preparados. Nos lo pueden contar, lo podemos ver por videos, o escuchar en sus discos pero verla en vivo es el argumento total de por qué es lo que es, la reina de la música urbana contemporánea de estos últimos 20 años, una de las mayores influencias para cualquiera de los artistas de estos últimos años, un ícono para las mujeres, para los hombres, una lider política, social y espiritual.
 
 
En un segundo plano queda su manejo impecable de los tiempos y de sus músicos, con un exceso de ademanes dignos de cualquier interno psiquiátrico. Pero así es como ve y concibe la música esta mujer, con pasión, profesionalismo, rectitud, moral musical y respeto por lo que hace y por los que consumimos su música. Por supuesto, la acompañaban seres dignos de tu talento, una sección rítmica implacable, bronces ajustadísimos y tres coristas que se llevaron gran parte de los aplausos.
 
No le podemos dar más vueltas a esto, fue una noche excepcional, única e irrepetible. Y para los que dudaron, para los que no pudieron estar presentes... pobres ellos.
 
Esta generosa reina africana pisó nuestro suelo y dió todo por su pueblo, que en pose de alabanza se rindió a sus pies.
 
¡Alabada sea la reina! ¡Alabada sea Lauryn Hill!
 
 
 

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