El sábado 24/10/2009, en pleno centro porteño, los Vibración y los Umbanda Sound System, irrumpieron en las fiestas clandestinas con dos poderosos shows.
Saliendo del camarín, entre los plomos que terminaban de desarmar el escenario, lo cruzamos a Federico Lopez Conde, guitarrista de los Umbanda. Agachado, en cuero, mojado por la transpiración, desarmaba su pedalera. Felicitaciones, loco, le dijimos, y le palmeamos la espalda, alto show. Gracias, nos dijo, y nos dio la mano, desde el suelo. Se los ve y escucha muy sólidos, le dijimos. Volvió a agradecer, sonriendo, satisfecho, y nos despidió con unas palabras que, creemos, sintetizan el espíritu combativo de la banda: esta es nuestra vida. Bajamos del escenario y nos perdimos en la fiesta que acababa de comenzar: la clandestina.
Las grúas del gobierno de la ciudad se hacían un festín con los autos estacionados sobre la calle Sarmiento, a metros del boliche, en pleno micro centro porteño. La noche estaba limpia y agradable. Habían pasado pocos minutos de la 01.00 de la mañana cuando descendimos los escalones que nos dejaron dentro del boliche.
A la 1.30 horas salió a escena Vibración, la banda del oeste del conurbano que debutaba en las tablas de las fiestas clandestinas. En la pista central y en los escalones para sentarse que la rodeaban, había unas cien personas. Casi una hora después, cuando la banda se despedían de su gente, y después de haber tocado diez compactas canciones con toda la vibración positiva que contagia el reggae de raíces jamaiquinas, los cien habíamos pasado a ser quinientos. La banda salió a tocar con dos guitarras, teclado, bajo, batería y voz. “¿Llega la vibra?”, preguntaba Mauro, el cantante de la banda, entre tema y tema, vestido con chaqueta de lona verde, y siempre en movimiento. Sí, llegaba, claro que sí, porque abajo el clima subía en intensidad a medida que pasaban las canciones y los minutos. Vibración repasó algunas de las piezas de sus dos discos editados: Pensar y ver (2004) y Buenas vibraciones (2003), y también varias composiciones nuevas.
Mientras los siete payasos y malabaristas clandestinos –con las caras pintadas y vestidos con pelucas, galeras y sombreros, trajes a rayas y mamelucos--, ofrecían algunos números de circo callejero bajo una batería de ritmos al re palo y muy variados que despedían las cajas de sonido de lugar, con gran parte de los asistentes a la fiesta sentados en el suelo como los nenes, con caras de asombro, aprovechamos para charlar unos minutos con los chicos de Vibración. Al pié de la escalera que te dejaba sobre el escenario, a oscuras, apretados y con un vaso de cerveza enorme circulando, nos contaron que estaban muy contentos por poder tocar en Capital Federal invitados por la gente de las Clandestinas, que ya tenían la agenda de fechas completa hasta fin de año y que estaban produciendo el material para un nuevo disco.
En el escenario estaba todo listo, amainaba el movimiento: se venía el plato fuerte de la noche. Para despedirnos los pibes de Vibración nos dejaron el siguiente mensaje: gracias a Pelagatos y a todos los que nos siguen por bancarnos la parada.
Se corrió el telón y los Umbanda Sound System arrancaron con su show. La formación, numerosa y cien por ciento varonera: dos percusionistas, dos guitarras (uno en cada punta del escenario), bajo, bata, teclados y programaciones y sampler. La pista estaba llena de gente y en el aire viciado del lugar flotaba gran expectativa por escuchar una de las bandas más intensas del momento.
El show duró casi una hora y media. Fueron quince temas tocados sin pausa, en su gran mayoría, demoledores: un poderoso trance, compuesto por sonidos electrónicos, guitarras eléctricas y una base rítmica de marcada influencia de géneros latinos, que nos mantuvo en afiebrado movimiento a las casi mil personas que habíamos poblado la pista, las barras y la zona de entrada del enorme boliche. Show de alto nivel, por la visible entrega de los músicos, la heterogeneidad de los sonidos y las texturas, las composiciones y el rabioso sonido que te detonaba dentro del pecho, ahí, debajo del escenario.
Los Umbanda repasaron canciones de sus cuatro discos editados, en especial del muy comentado Musikadelante (del 2007, elegido por la Rolling Stone como uno de los mejores 50 discos internacionales del año). A lo largo del show fusionaron géneros como el dub, la música electrónica, el reggae, la cumbia y la bossa nova. Las violas metían melodías y solos con un sonido áspero y rabioso, o dulce y sutil, según lo pidiese la canción, el combo de percusión matizaba con el cálido sonido del cuero y unos cuantos accesorios, la base rítmica no se movía ni un milímetro del tiempo, muy prolija y contundente, y la voz de la banda (Gaspar), muy expresivo y comprometido con sus canciones, disparaba samplers desde la maquina de programación que manejaba de pie, y en tiempo real, desde el escenario. Chukaro, Musikadelante, Presion (sound I), Kumbia poder (system II), Habana, Sal (compuesta en el medio de la montaña, según dijeron), No vuelvo más y Hacia el abismo, fueron algunos de los temas de la lista que tenían pegada al suelo de goma del escenario, a centímetros de los pedales, o debajo del pié de micrófono.
La banda de la Paternal se despidió de su público después de haber anunciado que tocaban la última. No hubo bises, ni nada. Invitaron a dos percusionistas de color, brasileños, amigos, y desataron una fiesta debajo del escenario. Avisaron que dentro de pocos días debutaban en el Pepsi Rock y con el telón ya cerrándose de a poco, muy aplaudidos, cerraron su presentación.
En el camarín de cemento que había detrás del escenario, después de haber subido la escalerita en penumbras, charlamos unos minutos con un Gaspar que se acababa de sentar con una toalla entre las manos. Había mucha gente felicitándolos, abrazos, palmadas y botellas de agua heladas:
- ¿Están en un buen momento? -quisimos saber.
- En nuestro mejor momento–confirmo Gaspar, muy decidido-, nos sentimos muy sólidos arriba de y debajo del escenario y se nos están dando las cosas como uno quisiera.
- ¿Cómo quisieran?
- Así, con la fuerza del show de recién, con la conexión que estamos teniendo con la gente, con la aceptación que tiene nuestra obra.
- ¿Se viene el Pepsi?
- Renegamos de los grandes festivales –aclaró-, pero queremos aprovechar el envión que nos dio el último disco, Musikadelante, muy bien recibido por la prensa y por la gente, y seguir profundizando.
Muy bien. Que mística tienen los camarines, antes y después de un show, pensamos, ya encarando para la puerta de salida.
Ya en la calle, a las 04.30 horas, el cielo seguía estrellado. Salvo una grúa que vimos pasar por la avenida Corrientes, a toda velocidad, y con un auto agarrado a la parte de atrás, ya casi no veía gente por el centro de la ciudad, pero allá abajo, en el sótano de la calle Sarmiento, la gente estaba al palo, todavía sacudida por el eléctrico show de los Umbanda y su sound system.
Texto de Mariano Abrevaya Dios, notero de PelaGatos (gracias a Evelin Cazal por las fotos).